
Otro cuento escrito por mi. ojalás que les llegue a interesar
“Como pez en el agua”
Cuento basado en los cuentos de Julio Cortázar
El departamento estaba ubicado en el piso 7° del edificio sobre avenida Corrientes, a dos cuadras del Abasto, donde hasta una semana tenía un puestito pero que fracasé al no tener dinero para mantenerlo y de donde además me echaron por numerosas peleas a puños que tuve con malevos que se me venían a hacer los compadres, pero que en realidad me robaban mercancía. En fin, esta no es la historia que te quiero contar, Alicia, sino la referida a las personas que vivían en ese departamento, especialmente la de ella, la dueña de casa, la que nunca supe su nombre, pero que impactó en mi vida.
Ojalá que no te estés aburriendo con esta carta, pero necesitaba contártelo, porque fue un echo muy extraño.
Tú sabes que hasta una semana después que te marchaste a Venezuela, yo vivía en San Telmo y me ganaba la vida vendiendo casa por casa leche. No me iba muy bien que digamos, y por este motivo empezé a estudiar mi futuro más detenidamente al tener 18 años y un rumbo que hasta ese momento me asustaba. Entonces decidí independizarme, sin importarme mi familia. Por eso me marché hacia el Abasto, con unos compadritos que pasaban por la misma que yo. Nos instalamos en este edificio del que te hablaba, arruinado por donde lo observaras. Pero no fue un problema mayor para nosotros. Vivíamos en el departamento del al lado de la mujer que no supe el nombre. Lo único que me dijo Alberto, uno de los que compartía el departamento, era que ella vivía con su abuela, pero que nadie sabía sobre alguna actividad que realizara o si estaba noviando o algo por el estilo.
Las únicas conversaciones que pude lograr tener con ella fueron referidas a las compras que le haría yo en el Abasto (sin pasar por alto que me dejaría propinas, no creas que soy un dormido), ya que ella no podía salir porque tenía que cuidar a su abuela, infectada de un virus que no recuerdo como se llamaba porque me perdí en palabras científicas que ella me daba, y en lo que concierne a la historia que te cuento, me perdía en su cara. Nunca había visto algo igual, ni siquiera en mis pesadillas o en noches de caña y cerveza negra. Te juro Alicia, hermana mía, nunca he visto algo semejante. Una cara, una hermosa cara si no fuera por este espantoso detalle. Una cara con escamas. No te exagero ni miento, pero eran escamas.
Por varios días me quedé dubitativo, si debía preguntarle porque tenía la cara de esa forma o sí debía callarme y seguir mi vida. Un día, creo que era un jueves a las cinco y media de la matina, ya que como laburante del Abasto tenía que estar lo mas temprano posible par poder tener las mejores mercancías, ese día salgo y me encuentro a esta mujer en el pasillo del piso. Supuse que me estaría esperando para darme la lista de lo que le debía traer. Pero no sucedió eso. Estaba lagrimeando; lagrimeaba sin parar. Saqué mi pañuelo rojo de la camisa y se lo ofrecí. Ella no me miró. Le pregunté que le sucedía y no me contestaba. Ya cansado de no obtener respuesta la dejé sola y me dirigí hacia la escalera. Cuando piso el primer escalón, escucho que me dice:
-Con ésta cara, ¿no se da cuenta de lo que me pasa? Parezco un pez.
Intenté contener la risa, cuando dijo esto último. Tosí para disimular y me di la vuelta. Le volví a ofrecer mi pañuelo y esta vez lo aceptó. Se secó las lágrimas y sonó su nariz de una forma tan asquerosa que cuando pensó que ya se había limpiado, le había quedado un moco entre la nariz y la boca. Se volvió a limpiar y ví como se le caían las escamas.
Este fue el momento, Alicia, en que le pregunté que le sucedía en la cara, y por lo que pude observar en toda la piel del cuerpo. Ella me contestó entre lágrimas, que no sabía por qué, pero que tenía esta enfermedad, la misma que su abuela, desde que nació. Y lo que mas le asustaba era que iba a terminar como su abuela, muriéndose.
Yo me quedé mudo, escuchando todo lo que me decía. No podía creer lo que escuchaba, parecía una historia sacada de algún escritor que cree en las fantasías. Era increíble. Como se me hacía tarde para marcharme, le dije que no se hiciera problema, que para él ella era bella igual de todas formas. Ella sonrió y se metió en su departamento.
Alicia, si leyeras esta carta dentro de una semana después de que te la mandé, habrá pasado un mes de que la ví a esta mujer por última vez. Nunca mas la he visto, ha desaparecido, al igual que su abuela. Aunque me es muy gracioso, y seguro para vos también, han desaparecido “como pez en el agua”. Bueno hermana mía, me despido. Te mando un saludo desde acá, desde tu Buenos Aires. Si andas por Colombia, visita a nuestro compadre Gardel, y mándale un abrazo de mi parte y que lo espero, al igual que a tí a tomar una mateada y contar todas sus historias…Muy atentamente, Ricardo.
Cuento basado en los cuentos de Julio Cortázar
El departamento estaba ubicado en el piso 7° del edificio sobre avenida Corrientes, a dos cuadras del Abasto, donde hasta una semana tenía un puestito pero que fracasé al no tener dinero para mantenerlo y de donde además me echaron por numerosas peleas a puños que tuve con malevos que se me venían a hacer los compadres, pero que en realidad me robaban mercancía. En fin, esta no es la historia que te quiero contar, Alicia, sino la referida a las personas que vivían en ese departamento, especialmente la de ella, la dueña de casa, la que nunca supe su nombre, pero que impactó en mi vida.
Ojalá que no te estés aburriendo con esta carta, pero necesitaba contártelo, porque fue un echo muy extraño.
Tú sabes que hasta una semana después que te marchaste a Venezuela, yo vivía en San Telmo y me ganaba la vida vendiendo casa por casa leche. No me iba muy bien que digamos, y por este motivo empezé a estudiar mi futuro más detenidamente al tener 18 años y un rumbo que hasta ese momento me asustaba. Entonces decidí independizarme, sin importarme mi familia. Por eso me marché hacia el Abasto, con unos compadritos que pasaban por la misma que yo. Nos instalamos en este edificio del que te hablaba, arruinado por donde lo observaras. Pero no fue un problema mayor para nosotros. Vivíamos en el departamento del al lado de la mujer que no supe el nombre. Lo único que me dijo Alberto, uno de los que compartía el departamento, era que ella vivía con su abuela, pero que nadie sabía sobre alguna actividad que realizara o si estaba noviando o algo por el estilo.
Las únicas conversaciones que pude lograr tener con ella fueron referidas a las compras que le haría yo en el Abasto (sin pasar por alto que me dejaría propinas, no creas que soy un dormido), ya que ella no podía salir porque tenía que cuidar a su abuela, infectada de un virus que no recuerdo como se llamaba porque me perdí en palabras científicas que ella me daba, y en lo que concierne a la historia que te cuento, me perdía en su cara. Nunca había visto algo igual, ni siquiera en mis pesadillas o en noches de caña y cerveza negra. Te juro Alicia, hermana mía, nunca he visto algo semejante. Una cara, una hermosa cara si no fuera por este espantoso detalle. Una cara con escamas. No te exagero ni miento, pero eran escamas.
Por varios días me quedé dubitativo, si debía preguntarle porque tenía la cara de esa forma o sí debía callarme y seguir mi vida. Un día, creo que era un jueves a las cinco y media de la matina, ya que como laburante del Abasto tenía que estar lo mas temprano posible par poder tener las mejores mercancías, ese día salgo y me encuentro a esta mujer en el pasillo del piso. Supuse que me estaría esperando para darme la lista de lo que le debía traer. Pero no sucedió eso. Estaba lagrimeando; lagrimeaba sin parar. Saqué mi pañuelo rojo de la camisa y se lo ofrecí. Ella no me miró. Le pregunté que le sucedía y no me contestaba. Ya cansado de no obtener respuesta la dejé sola y me dirigí hacia la escalera. Cuando piso el primer escalón, escucho que me dice:
-Con ésta cara, ¿no se da cuenta de lo que me pasa? Parezco un pez.
Intenté contener la risa, cuando dijo esto último. Tosí para disimular y me di la vuelta. Le volví a ofrecer mi pañuelo y esta vez lo aceptó. Se secó las lágrimas y sonó su nariz de una forma tan asquerosa que cuando pensó que ya se había limpiado, le había quedado un moco entre la nariz y la boca. Se volvió a limpiar y ví como se le caían las escamas.
Este fue el momento, Alicia, en que le pregunté que le sucedía en la cara, y por lo que pude observar en toda la piel del cuerpo. Ella me contestó entre lágrimas, que no sabía por qué, pero que tenía esta enfermedad, la misma que su abuela, desde que nació. Y lo que mas le asustaba era que iba a terminar como su abuela, muriéndose.
Yo me quedé mudo, escuchando todo lo que me decía. No podía creer lo que escuchaba, parecía una historia sacada de algún escritor que cree en las fantasías. Era increíble. Como se me hacía tarde para marcharme, le dije que no se hiciera problema, que para él ella era bella igual de todas formas. Ella sonrió y se metió en su departamento.
Alicia, si leyeras esta carta dentro de una semana después de que te la mandé, habrá pasado un mes de que la ví a esta mujer por última vez. Nunca mas la he visto, ha desaparecido, al igual que su abuela. Aunque me es muy gracioso, y seguro para vos también, han desaparecido “como pez en el agua”. Bueno hermana mía, me despido. Te mando un saludo desde acá, desde tu Buenos Aires. Si andas por Colombia, visita a nuestro compadre Gardel, y mándale un abrazo de mi parte y que lo espero, al igual que a tí a tomar una mateada y contar todas sus historias…Muy atentamente, Ricardo.
1 comentario:
impecable la verdad,viste que no son solo criticas? te cuento: con unos bloggers colegas hicimos un desafio(p de profundo,textos profundos) este domingo11 defeb estaran en el blog los post de los participantes y sus debidas opiniones http://www.eldesafiop.blogspot.com
es un ejersicio para escribir y compartir ideas,si prevalece lo haremos de manera mensual,y lo compartiremos entre bloggers,ah el mio es calambredescritor.blogspot.com
saludos
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